La visión del artista: ¿Puede un retrato ser un legado y una obra de arte?

Francine llegó al estudio sin ningún plan. Sin imágenes de referencia, sin expectativas, sin idea de lo que crearíamos juntos. A sus 50 años, quería una bonita foto de sí misma.

Ese deseo es sincero. Es importante.

No acudimos a la fotografía de retratos solo en busca de significado. Acudimos porque queremos salir bien. Guapos. Que nos vean de una forma que nos resulte acertada.

A veces se nos presenta la «belleza interior» como una especie de compromiso. Como si se nos pidiera que renunciáramos a la apariencia física y nos conformáramos con algo menos visible.

Eso no es lo que veo.

La presencia no sustituye a la belleza. Es la condición que permite que la belleza se manifieste.

Francine no vino para que la transformaran o la corrigieran. Vino con curiosidad, con una actitud abierta y cautelosa, que es como se siente la mayoría de la gente cuando se pone delante de una cámara sin defensas.

Al principio, la pregunta es sencilla.
¿Puedo tener una foto mía que me guste?

Pero algo cambia cuando el esfuerzo por tener buen aspecto se relaja, aunque sea solo un poco.

El cuerpo se relaja. La mirada se vuelve firme. La expresión se vuelve más serena, pero más precisa.

Y es precisamente en esos momentos cuando la gente suele estar más guapa.

No porque se haya añadido algo, sino porque no se está ocultando nada.

En el estudio, no intento convencer a nadie de que es guapo. Me limito a prestar atención. A la quietud. A la respiración. Al momento en que la imagen deja de buscar la aprobación y empieza a existir por sí misma.

Ese momento rara vez es dramático. A menudo es sutil. Casi cotidiano.

Y, sin embargo, cuando la gente ve el retrato más tarde, suele decir lo mismo.

«Nunca me había visto así».
«Así es como me siento».
«No sabía que pudiera tener ese aspecto».

No están reaccionando ante una idea, sino ante algo visible.

La presencia no se queda dentro. Se transmite.

Cuando un retrato se considera una obra de arte, la imagen cobra importancia. No como algo que hay que juzgar, sino como algo que capta la mirada.

El legado no tiene que ver con la edad. Tiene que ver con la permanencia. Con crear una imagen que no dependa de las modas, del rendimiento o de las garantías para ser comprendida.

Francine no se llevó un retrato que intentara impresionar. Se llevó una imagen que no buscaba gustar. Simplemente era.

Y, al hacerlo, le permitió que se la viera como una persona y como alguien bello, sin que ello supusiera una contradicción.

La cuestión ya no es si la presencia sustituye a la belleza.

La cuestión es si la belleza, cuando se basa en la presencia, es de ese tipo que perdura.

PRÁCTICA EN EL ESTUDIO

JÉRÔME — El retrato como arte
Arte original en técnica mixta · Retratos monocromáticos

Distrito del Diseñode Miami
Yorkville, Toronto
Ottawa y Mont-Tremblant
(con servicio enMontreal)

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