Lo que tú llamas un defecto

Un retrato no empieza con la corrección.

Todo empieza por la atención.

Hace años, fotografié a un hombre que odiaba su nariz. Le parecía demasiado puntiaguda, demasiado llamativa, demasiado prominente. Antes de cada foto, intentaba apartar la mirada de ella. Ya había decidido que esa parte de su cuerpo tenía que quedar oculta.

Pero, en mi opinión, esa nariz no era el problema.

Era la estructura de su rostro. Eso era lo que lo hacía memorable. Le confería carácter, intensidad y distinción. Si hubiera estado buscando a alguien para un retrato, ese supuesto defecto habría sido la razón por la que lo hubiera elegido.

Esto ocurre a menudo.

La gente llega al estudio con una lista personal de lo que cree que hay que corregir. La nariz. Una cicatriz. La boca. La mandíbula. La piel. El peso. La edad. La asimetría. Aquello que han aprendido a disimular antes de que nadie más pueda verlo.

La mayoría de las veces, lo que parece un defecto no es más que una característica.

El problema radica en el juicio que se le atribuye.

La perfección no es la presencia

Vivimos en una cultura que ha enseñado a la gente a corregirse a sí misma antes incluso de que la vean. Alisar la piel. Estrechar el rostro. Ocultar las arrugas. Reafirmar la expresión. Volverse más joven, más suave, más sencilla, menos concreta.

Pero un retrato no sirve para que una persona resulte menos concreta.

Ese es el problema de la búsqueda de la perfección. Elimina las huellas. Elimina el carácter. Elimina esas pequeñas verdades que hacen que un rostro forme parte de una vida.

La perfección suele pasar desapercibida.

La presencia no lo es.

En el estudio, no busco lo que debería borrarse. Busco lo que ya está ahí antes de que comience la sesión. El trabajo no consiste en halagar a la persona para convertirla en otra. El trabajo consiste en generar la confianza, la atención y la ausencia de juicios suficientes para que la persona deje de defenderse ante el retrato.

Es entonces cuando ocurre algo.

El rostro cambia.

No porque se vuelva perfecto.

Porque deja de negociar.

Una visión a más largo plazo

Una cicatriz puede dejar de ser un defecto y convertirse en historia. Una nariz prominente puede dejar de ser un problema y convertirse en arquitectura. Una arruga en el rostro puede dejar de ser un signo de la edad y convertirse en testimonio. El cuerpo puede dejar de disculparse por ser un cuerpo.

Esto no significa que todo lo que dejemos sea romántico. Tampoco significa que todo sea bonito solo porque decidamos decir que lo es. No creo en fingir.

Creo que hay que mirar más allá.

Hay una diferencia.

Mirar más allá no significa inventar la belleza. Significa permitir que la persona exista sin el veredicto del pasado. Significa no precipitarse a corregir lo que puede ser esencial. Significa comprender que lo que alguien odia de sí mismo puede ser precisamente lo que da fuerza al retrato.

Un buen retrato no miente para que te sientas mejor.

Te reconoce.

Al principio, ese reconocimiento puede resultar incómodo. Muchas personas están acostumbradas a imágenes que o bien las favorecen o bien las traicionan. No están acostumbradas a una imagen que simplemente se mantenga tal cual.

Pero cuando el juicio se desvanece, aunque sea por un instante, el retrato puede convertirse en algo distinto.

No es un argumento en contra de tus defectos.

No es una campaña para fomentar la confianza.

Un registro de asistencia.

El retrato no está ahí para demostrar que eres perfecto.

Está ahí para demostrar que nunca fue necesario que estuvieras.

Si esto te interesa, inicia la conversación en studio@jerome.art.

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